Una noche cualquiera

—¿Qué hacemos?¿A casa ya?

—Uf, es que hace tan buena noche…

—Sí, y yo me quiero fumar uno antes de irme.

—¿Banquito?

—Venga.

 

Caminamos unos metros por el césped del bulevar, hasta encontrar un banco vacío; estas noches de verano, con la ciudad plagada de gente, son un infierno para los que queremos un poco de intimidad. Te sientas, tan cerquita de mí que ambos sabemos que las chipas van a saltar de un momento a otro. Mientras te escucho hablar, mis labios se posan en tu hombro, y mis dedos acarician la piel bajo el cuello de la camiseta. Esa piel que ahora me encantaría besar, lamer, morder…

De reojo observo el papel en tus manos. Lo rompes. Pregunto. Contestas. Te lo lías. Nos reímos de alguna tontería de las tuyas y te beso detrás de la oreja. Te callas. Me miras, directo al fondo.

Minutos después —juro que no sé cómo ha ocurrido—, nuestras bocas vuelven a estar juntas, nuestras lenguas vuelven a enredarse en su ya casi habitual, baile, y volvemos a mordernos y besarnos como si se fuese a acabar el mundo.

—Eres una perdición—susurras.

—¿Qué voy a hacer contigo? —respondo yo.

Tu mirada sonríe traviesa y la mía, tímida por un instante, baja al suelo, mientras en silencio me pregunto: “¿Será consciente de lo mucho que me gusta?”

 

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Estás bien jodida, nena

Con los pies enredados en las sábanas, y sus dedos acariciando puntos que no sabía ni que existían en su cuerpo, ella echó la cabeza hacia atrás, con un suspiro fuerte, y cerró los ojos.

Un mes atrás, se habían comido a besos en la no-intimidad del bar de mala muerte en el que, curiosamente, había comenzado toda aquella espiral de perdición. En aquel momento ya no existían parejas ni compromisos (por fin) y, bailando al son de una conocida canción, ella se había aproximado a su cuello y rozado suavemente con los labios la fina piel. La descarga eléctrica no se hizo esperar, se miraron durante un instante y, como fieras hambrientas, se lanzaron a besarse. Sin vergüenza. Sin miedo. Sin prohibiciones. Libres.
Y eso se convirtió en una sucesión de noches de besos desesperados, de perderse en la ciudad buscando el rincón más recóndito donde dar rienda suelta a las pasiones más ocultas; de indirectas menos sutiles, camisetas que caen en el suelo del vestuario mixto, mensajes a las tantas de la madrugada…
Pero, lo que solo parecía un torrente de sexo y sudor, escondía de manera bastante indiscreta una sobredosis de risas, abrazos y miradas cariñosas que clamaban al viento lo enamorada que estaba.
Un estallido de su cuerpo la sacó de sus pensamientos: sus hábiles manos lo habían conseguido una vez más. Lo miró con una expresión de placer y sorpresa que le regocijó visiblemente, y se incorporó, dejándole ver la sinuosa forma de sus caderas y la sensual caída del pecho. La mirada había cambiado, los profundos y problemáticos sentimientos quedaron sumergidos y cubiertos por la miradita lasciva habitual.

La máscara había vuelto.
La bala perdida.
La chica libre que no se ata a nadie.
Y mucho menos a un punki de mirada adorable, un maldito empotrador feminista con el sentido del humor más absurdo del mundo.

Ni de coña, vamos.

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¿Qué me estás haciendo?

Despacio, los dedos que sostienen el cigarro recién liado, lo acercan a su boca para, mientras su mirada se clava en tus ojos, aspirar suavemente el humo. Dos segundos después te das cuenta de que te has quedado totalmente hipnotizada, viéndole apoyado en la encimera de la cocina, fumando como si fuese el mayor placer del universo, y, por como te mira, es obvio que sabe lo que pasa por tu cabeza en estos momentos. Tu mirada recorre todo su cuerpo, viste unos ajustados pantalones que revelan las horas de bici y montaña que llevan trabajadas esas piernas (y ese culo), y una sudadera. Es una de las noches más frías en la ciudad, pero a ti se te está empezando a olvidar hasta tu nombre.

Se le ha apagado el cigarro, así que se lo enciende con lo primero que tiene a mano, el encendedor de la cocina. Si la imagen ya era de macarra sexy, ahora se ha multiplicado por diez convirtiéndose en un macarra asquerosamente sexy. Una calada más, y vuelve a mirarte. Se acerca, con esa media sonrisa, y un brillo diferente en la mirada. Esa mirada que antes te parecía inocente y pura y que ahora te está desmontando todos los esquemas.

Lentamente vuestros labios se unen en un largo, delicado, suave, caliente y ansiado beso, mientras su mano libre se posa en tu cintura, acercando tu cuerpo al suyo, haciéndote notar su deseo. Entonces, como un estallido, algo en ti se despierta, y te aferras al cuello de su sudadera y le besas con fuerza, con desesperación, con todo el ansia contenida a lo largo de todos estos meses… y su respuesta resulta ser de la misma intensidad. Os volveis locos el uno al otro, besando, mordiendo, lamiendo cada centímetro de piel, hasta que te sigue por el pasillo, mientras contoneas las caderas y te vas quitando prendas de ropa, sintiéndote como en un videoclip, y sabiendo que se muere por tenerte por fin.

Minutos después te lo confirma, consiguiendo que te retuerzas de placer sin apenas entender que está haciendo contigo, sin comprender las sensaciones que llegan a tu cerebro como latigazos algunas, y otras como un ruido sordo que hace que tu cuerpo se estremezca.

Un par de días después, todo se ha quedado como un sueño que se va desvaneciendo, un largo sueño del que no querrías despertar jamás. Y suspiras, mientras deseas repetir hasta el infinito el bucle de sexo intenso, cariñoso, duro y perfecto, con caladas sexys en la cocina y besos en el cuello.

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El peligro de los besos que no se dan

Mírate, una noche más de un verano que parece que no termina, riéndote a su lado como si fuera la primera vez que te ríes en años, dejando pasar autobuses, y horas, y responsabilidades; y olvidando que mañana madrugas. Como si fuera la primera vez que te enamoras. Sin enamorarte. Sin besar. Sin tocar.

Mentira. Una mano. Unos dedos despistados acarician los tuyos. Quieren entrelazarse, igual que vuestras piernas, y vuestras lenguas. Pero un pequeño resto de sentido común te obliga a hablar sin parar. A no permitir que haya silencios. A no dejar abierta ninguna posibilidad. Pero te quedas sin temas. Sin aliento. Y vuestros ojos se miran fijamente. Su oscura transparencia te abruma. Y su media sonrisa, preguntando, te destroza por dentro.

Tus labios se posan en su frente, como una madre protectora, y tu corazón se rompe en mil pedazos, mientras sonríes. Mientras sabes que tu momento ha pasado. Que continúa siendo de otra persona. Que no tiene cabida en tu vida, ni tú en la suya. Aunque en tus sueños mas cinematográficos todo ello representase una bonita historia…

Mejor no me quieras, hagamos la vida fácil. No puedo permitirme quererte. No te quiero. Te quiero. Coge ese autobús. Buenas noches.

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Follarte eternamente

En medio de la noche, los recuerdos me asaltan, y te envío un inocente whatsapp. “Ey, ¡hola! ¿Cómo te va?”. Y la conversación transcurre de una manera totalmente normal e inofensiva.

Pero mi mente no está concentrada en lo que me cuentas. Está en una noche cualquiera, de hace algo más de un año, una noche en la que decidimos dar rienda suelta a nuestras pasiones, y perdernos en cada centímetro de nuestros cuerpos.

Un hotel céntrico, lo encontré por internet, buenas críticas, regalan champán y caramelos, y tiene una estupenda cama en medio de una habitación con estridentes estampados. No termino de comprender qué concepto de la sensualidad o del ambiente tienen los que decoran hotelitos claramente enfocados al amor…

Pero ahora mismo, el hortera estampado y el cisne creado con toallas son incapaces de distraerme de lo que realmente me importa. Tú. Ahí sentado, observándome con esa sonrisa, con ese brillo cargado de inocencia en tus castaños ojos, detrás de ese mechón que cae rebelde por tu frente.

Me encantas. Me encanta tu inocencia a pesar de lo guarros que somos. Me encanta que seas tímido conmigo, y que un minuto después estés follándome como si fuera la última vez.

Te levantas, y te acercas a mí, pegando tu cuerpo, largo y delgado, fibroso, sin apenas pelo, tan sólo un poquito en mitad del pecho, marcado por el gimnasio, al mío, con curvas, alguna demasiado llena para mi gusto, demasiado perfecta para el tuyo, y obligándome a mirar hacia arriba por la diferencia de altura, posas tus dulces labios en los míos…

Y algo estalla en mí. Tus besos suaves se encuentran con la desesperación de los míos. Mis dedos se pierden en los mechones de tu pelo, alborotado, me gustas más rapado pero… Me pierde poder hacer esto, poder engancharme a ti, poder expresar mi deseo de esta manera. No puedo besarte despacio, eres superior a mis fuerzas, el calor recorre mi cuerpo, y quiero hundirme en ti, fundirme contigo, ser uno…

Y el chico tranquilo y tímido se transforma. Y tus duras manos se aferran a mi culo, levantándome, haciendo que mis piernas se abracen a ti, sintiendo la dureza a través de la basta tela del vaquero, apretando el abrazo, moviendo las caderas, provocándote. Me sonríes, y me río con tu comentario acerca de cierto agobio en cierta zona.

Quiero liberarte, luchar contra mi peor pesadilla: “los vaqueros con botones en lugar de cremallera”, mientras te ríes de mí, hasta que las risas se transforman en gemidos, cuando por fin sientes la humedad de mi boca y mis labios rodeando ese glorioso regalo de los dioses…

Esta noche es un sueño. Un sueño del que no quiero salir nunca. No sé si me limito a pensar estas palabras o las he pronunciado, mientras escuchamos soul melancólico, desnudos, tumbados bajo las estrellas, en el suelo de una terraza tras haber roto la mesita sobre la que me has embestido una y otra vez, llenándome de ti por completo, mientras las gotas de sudor caían de tu frente a mi pecho, mientras te pedía que jamás te detuvieras, aunque me hicieses daño…

Pero nada es para siempre. Los momentos pasan. Los amantes se corren y se abrazan. Y se fuman un cigarro, despacio, apretando ligeramente el labio al succionar el humo… Con esa cara de eterno niño rebelde. Con esos ojos que miran al infinito. Que me miran. Como si me amasen.

A veces me gustaría amarte. Y quedarme a tu lado para siempre. Y follarte en cada puto rincón de esta jodida ciudad.

Para siempre.

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Quiero creer que no

The Clash truenan desde los altavoces en una de las noches más punk que alcanzo a recordar, mientras me río de la última tontería que ha salido de tu boca. Aunque llevamos dos horas mirándonos directa y profundamente a los ojos, sigo dudando, inocentemente, de tus intenciones. No sé si te mueres por besarme, o sencillamente es lo que quiero creer que creo, y que me equivoco. Quiero creer que tus caricias por debajo de mi falda son casuales. Quiero creer que mis risas ahogadas en la piel caliente de tu cuello son lo más cerca que voy a poder estar de ti. Quiero creer que no queremos hacer nada fuera del tonteo inocente que nos persigue estos últimos días. Quiero creer que existen los límites, y que sabremos mantenerlos. Que me quedaré con las ganas de descubrir que besas suavemente, sin invadir, pidiendo un permiso silencioso, un salvoconducto para entrar más allá de mis labios, esperando una invitación de mi lengua, para acompañarme, para bailar conmigo, para descubrir nuevas sensaciones juntos.

Y para olvidar.

Las luces blancas del antro rompen la magia. Revelan las caras a nuestro alrededor, destrozan el glamour, y delatan los excesos.

nuestras ganas.

No me beses suave, rómpeme.

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Malas acciones

Audrey se ha portado mal.

Cualquiera puede decir, incluso ella misma, que la culpa es de él. Que la responsabilidad final es de él. Que el infiel ha sido él. También puede argumentar que no son amigas. No le debe nada. O que la relación está en las últimas. O que el alcohol. O que la luna. O que yo que sé qué.

Pero todo eso no son más que excusas. Excusas de mierda.

Y Audrey lo sabe.

Le gustaría poder pasar página, no involucrarse. Pero sabe que, desde que los labios de ambos se rozaron, y decidieron dejarse llevar, en lugar de separarse, guardar los instintos animales en un cajón y tirar la llave, ambos tienen un problema. Desde ese momento, ella está involucrada.

Y lo sabe. Y le gustaría querer retroceder en el tiempo. Y le gustaría que todo estuviera en su sitio, y desear que nada hubiera pasado. Pero ni se arrepiente, ni quiere regresar atrás en el tiempo y evitarlo. Pero sí le gustaría que todo estuviera en su sitio. Que la relación estuviera bien, y no hubiese dado pie a la situación actual. Le gustaría que ellos siguieran su camino, juntos, felices, siendo tan adorables como ella los considera. Tan preciosos y buena pareja.

Y poder mirar a esa chica a la cara, de manera transparente y feliz. Y verla feliz. O por lo menos, no ser un motivo de tristeza, no ser una decepción para esa persona a la que conoce de hace poco tiempo, pero por la que siente bastante cariño.

Pero algo que se escapa de su control está sucediendo. Y Audrey ha cometido sus errores. Audrey se ha fijado en quien no debía, y se ha dejado llevar. Y él se ha refugiado en sus risas, para olvidar por un instante la frustración, el agobio y el no saber cómo solucionar sus problemas.

Y Audrey ahora sólo piensa. No sabe ni que pensar. No sabe ser egoísta, ni siquiera por defensa propia. No sabe ser mentirosa. Y tampoco está enamorada, que sería la única absolución de su falta…

El amor. Ese que siempre justifica los actos más estúpidos. Bueno, casi siempre. Pero siempre se le entiende más al loco amor que a las pasiones, a los momentos de dejarse llevar, a los salvavidas, a los salvamomentos, a las desesperaciones. Siempre es la mejor excusa.

Como nos gusta complicarnos la vida.

Audrey, Audrey, la que has liao pollito.

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Oh, chérie…

Estrés.

Máquinas que fallan.

Clientes que tienen prisa.

Que lo quieren todo para ayer.

Menos personal en la tienda.

Acabas un trabajo, levantas la vista, y ves una cara conocida que te mira fijamente, sonriendo. Es un cliente que ya atendiste otro día.

Le toca a él.

Te acercas con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Qué tal?

– ¿Qué tal tú?

– Pues aquí, sobreviviendo a un día horrible.

– Que va, si los martes son geniales.

– Claro…


Al final, la conversación torna en un debate amistoso-vacilón sobre la piratería y los culpables, hasta que, de repente, se da cuenta de que debería marcharse.

Y se va, con su acento francés, su sonrisa pícara y su cremallera de la chaqueta de deporte bajada a medio pecho, dejando ver que no lleva camiseta debajo.

Se marcha llevándose todo su morbo y todas tus ganas, dejándote con cara de tonta, pensando en lo que acaba de ocurrir sin ocurrir nada, con la cara roja y calor.

Demasiado calor. Oh, chérie, chérie…

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Pídeme

Pídeme que me quede. Vamos, hazlo.

Pídeme que vuelva a tu apartamento, que desayunemos juntos cada mañana, aunque tengas que convencerme todos los días del invierno para que salga de debajo del edredón, y todos los días del verano para que me aparte de tu lado y dejemos de sudar como pollos.

Pídeme que regrese a casa todas las noches después del trabajo. Que me duche con tu gel y tengas que quitarme tu albornoz para enredarnos, una vez más, con las sábanas.

Pídeme que vuelva a pasearme descalza y en tanga por tu casa, y que vuelva a besar tu nuca siempre que estés preocupado por algo.

Pídeme que vuelva a acariciar tus rizos mientras te duermes en mi regazo, como un niño, viendo la película que te he recomendado.

Pídeme que vuelva a dormirme en tu regazo, intentando ver esa serie que tanto te gusta y tanto me aburre.

Pídeme que continúe teniendo paciencia contigo. Que siga luchando por ti. Que siga teniendo el valor para enamorarme que tú no tienes.

O vete. Y no me pidas nada.

O pídeme que huya contigo.

O huye. Y olvídame. Pero no me pidas que lo haga yo. Porque jamás lo haré.

 

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Sin mirar atrás

El otro día leí un artículo (en realidad fueron varios) en el que el autor hablaba del miedo que tienen muchas personas a enamorarse. Lógicamente no es miedo al amor como tal, si no al desamor, a las discusiones, a los celos, a las inseguridades, a las lágrimas, al dolor, a las rupturas… Miedo a sufrir. Nos ponemos en la peor situación antes de permitirnos ilusionarnos siquiera. Nos prohibimos ilusionarnos.

¿Por qué? ¿Realmente salimos tan dañados de relaciones anteriores?, ¿o confiamos tan poco en los demás que directamente creemos que si te enamoras seguro que saldrá mal, ergo sufrirás y habrá mucho drama en tu vida?

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Estamos en una época de sexo fácil, de liberación sexual, de apertura de mentes… Ahora se ve con buenos ojos “la mujer libre, que sabe lo que quiere y no necesita atarse a un tío”. Ahora se admite abiertamente el uso de redes sociales para ligar, y el concepto de follamigo está muy extendido. Ya no es como antes, que si follabas con alguien era porque te gustaba a nivel “amor/encoñamiento”, porque le acababas de conocer y “aquí te pillo aquí te mato” y no le volvías a ver, o si era un amigo tuyo era porque “te has cogido tal pedo que has acabado amaneciendo en su cama”.

Ahora no, ahora puedes follar con un amigo y después estar como si no hubiera pasado nada. Se le llama fortalecer lazos de amistad, o cubrir necesidades físicas. Y de ahí no pasa. O no debe pasar. Y si pasa es que a uno de los dos se le ha ido de las manos, se ha pillado y ya está el drama servido.

Por eso existen las normas silenciosas, que aunque a veces se pactan de viva voz, normalmente son un código silencioso, no escrito, del follamigo. Nada de celos, nada de regalos ni mensajitos ni tonterías románticas, nada de cursilerías, ni cine, ni cosas que recuerden remotamente la palabra NOVIO/A. Sólo sexo esporádico, me apetece-te llamo-te apetece-nos vemos. Te cuento mi vida superficialmente, follamos, nos fumamos un cigarro y como mucho, calientas una pizza y nos la comemos de risas.

Sin embargo, hay ocasiones en las que, de repente, ocurren cosas. Igual tienes un amigo, un buen amigo, no un colega cualquiera, y de repente, un día, te enrollas con él. Sin planearlo, sin ser consecuencia de la juerga y el alcohol. Posiblemente a raíz de un tonteo o una tensión sexual anterior, lo que sea. Y está bien. Y continúas quedando con él (y follándotelo). Pero de repente te vas dando cuenta de que “follar” no es el objetivo principal. Si antes ver la película era la excusa, ahora es “el plan”. Acompañado de sexo, sí, pero VEIS la película. Abrazados. O con su cabeza en tu regazo, o con las piernas entrelazadas. De repente te das cuenta de que conoces a todos sus amigos. De que te sabes toda su vida, y te conoces su casa al milímetro.

“No significa nada”, dices. Y tus amigas sonríen.

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Llegados a este punto, pueden ocurrir dos cosas.

La historia continúa, la complicidad aumenta, y se empiezan a exteriorizar los sentimientos, a convertirlos en palabras, quizás a raíz de un regalo, o de una confesión. Perfecto, surge el amor, y la relación continúa y se torna “oficial”. Te cambias el estado sentimental en Facebook y todas tus amigas aplauden. Tus amigos no. Ya no eres una mujer libre, que sabe lo que quiere, y que no necesita atarse a un tío.

En la otra cara de la moneda, uno de los dos empieza a distanciarse. Ya no está tan pendiente. Ni tan disponible. Aunque cuando os veis todo sigue siendo igual de maravilloso. Cuando os veis. Empiezan a ser frecuentes las excusas y las disculpas, y los “lo intentaré”, “tengo la semana súper liada” o “ya te llamaré”… Y la otra persona explota. Y confiesa. Y no recibe un no por respuesta. Recibe un “sí pero no”, un “es muy difícil”, “ya hablaremos”, “ya te llamaré”. Y la distancia aumenta.

Tiempo después, coincidís en una reunión de amigos, te evita durante toda la noche, para acabar follando en una de las habitaciones y acompañándote a la parada del autobús. Y ves como se aleja mientras piensas, “seguirá caminando y nunca se volverá a mirar atrás”.

Y de repente, a lo lejos, se gira.

Y se va.

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Putos miedos. Puta cobardía. Putas relaciones anteriores. Puto mundo de adultos.

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